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Geopolítica latinoamericana, luchas ideológicas y raíces étnicas que abren nuevas posibilidades de programas territoriales

La diáspora venezolana constituye la crisis humanitaria más importante de América Latina, con 7,2 millones de desplazados forzados 6,9 millones desplazados internos y 370.200 refugiados (ACNUR, 2025). La escalada de tensión militar en el Caribe como consecuencia del enfrentamiento de los Estados Unidos con la República Bolivariana de Venezuela y sus aliados internacionales plantea un escenario de conflicto regional cuyas raíces vale la pena explorar en el contexto de las luchas regionales que desde hace mucho tiempo se vienen produciendo en el subcontinente. Las recientes elecciones en Chile que marcaron el triunfo de un candidato alineado con las políticas conservadoras de Washington han dado lugar a especulaciones de fragmentación del subcontinente entre los países del triángulo norte, es decir México, Colombia, Venezuela y Brasil cuyos gobiernos siguen postulados más alineados con doctrinas social demócratas de defensa de sus industrias nacionales y participación de foros internacionales más contestarios a las políticas conservadoras de Washington como los BRICS  (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), enfrentado al triangulo sur, integrado por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay, alineados con la política exterior norteamericana que invoca la doctrina Monroe de "América para los Americanos". Esta fractura ideológica no es ciertamente nueva, sino que se remonta al período de la independencia de los países latinoamericanos en los que existía una fuerte división entre la gente respecto a la convivencia de estar alineados con algunos de los poderes imperiales de por aquel entonces o incursionar en experiencias de libertad económica y política total. Por esta razón las figuras de Bolivar, San Martín y O-Higgins vuelven a emerger como referencias a pesar de los 200 años que separan la política actual de la que vivieran estos proceres. Revisionismo histórico de sus respectivos pensamientos políticos, detalles de sus gestas libertarias e inclusive intimidades de sus vidas personales vuelven a ocupar lugares destacados en la prensa contemporánea y redes sociales. La razón es sencilla: Los latinoamericanos al igual que hace doscientos años seguimos buscando nuestra identidad, rol internacional y razón de ser en la historia universal.

Desentrañar los orígenes de los latinoamericanos requiere indagar en la distribución de las etnias que existían antes de la llegada de los españoles y otros grupos europeos, africanos y asiáticos para a partir de ellos analizar su mixtura dando origen a uno de los fenómenos demográficos más fascinantes del subcontinente: El mestizaje. Este fenómeno puede analizarse a partir de la presencia de ciertos territorios en el que las lenguas originarias que habla cada grupo se han preservado y la lengua de los colonizadores, españoles y portugueses se ha impuesto. La lengua define el estilo de vida, formas de hábitat y creencias más profundas de los individuos y sus colectividades. Considerando que las comunidades originarias si bien representan un universo étnico muy amplio y diverso, tienen en común un principio de vida comunitario que si bien sustenta ideologías políticas más orientadas al colectivismo, la realidad es que los nacionalismos de cada país han llevado adelante actos genocidas contra ellos buscando su sometimiento por la fuerza. Tanto en el período de la independencia la historia registra la presencia de grupos vulnerables como los "indios" y "negros" en los ejércitos revolucionarios que según distintos historiadores explican la notable ausencia de estos grupos en algunos países como Argentina y Chile en el cono sur del continente. El mestizaje no solo se verifica entre personas, se refleja también en términos idiomáticos surgiendo expresiones y frases muy propias de las culturas de las diversas regiones. Tal es el caso del Nahuatl en México que ha dado lugar a la recuperación de formas innovadoras de brindar asistencia social en espacios ceremoniales propios del pueblo Maya, o la utilización del Quechua para referirse a sistemas de utilización del recurso hídrico y vías férreas, heredero de la gran cultura incaica, el Aimará para la producción de alimentos en geografías de altura, el Guaraní relacionado con culturas nómades y cultivos rotativos y el Mapudungun para construir en madera y sobrevivir en condiciones climáticas extremas.  Estas distintas raíces étnicas de saberes y prácticas constituyen un entramado fundamental del tejido socio-productivo latinoamericano a partir del cual la región está construyendo su identidad frente al mundo emergente de la post-globalización en la que distintos superpoderes de oriente a occidente disputan la hegemonía mundial. Esto no es nuevo para la región, la cual históricamente ha sufrido la brutalidad del sistema colonial y las irrupciones constantes de otros poderes en pugna, en particular ingleses y franceses ocupando islas y espacios de sus territorios que les permita reclamar a futuro mayores espacios extractivos. En este marco es importante entender como el despliegue de planes y proyectos de ordenamiento territorial por parte de diversos países responde a la lógica de posicionamiento ante el mundo y con respecto a sus propias poblaciones materializando visiones de desarrollo que viabilizan la concepción de modernidad desde distintas perspectivas ideológicas. A continuación, un breve repaso.      

Megaproyectos como el "Tren Maya" en el sudeste mexicano vienen a plantear una estrategia de desarrollo basada en la recuperación de saberes ancestrales complementario con un medio moderno de vinculación de regiones que juega un papel central en la geopolítica del país vinculando ambos océanos y posicionando a México como referente global en los intercambios comerciales. Un principio de planeación fundamental de este proyecto es el respeto de la idiosincrasia habitacional del pueblo Maya que decidió históricamente vivir en condiciones rurales en el interior del sistema ecosistémico jungla en la península de Yucatán. Decisiones sutiles de planificación y diseño territorial del trazado del tren y la realización de planes estratégicos y de ordenamiento territorial dan cuenta de la estrategia de crear las condiciones de prosperidad compartida entre mestizos, aquellos nacidos de la mezcla entre españoles y comunidades originarias con el pueblo Maya en condiciones de respeto de sus respectivos estilos de vida y perspectivas de progreso.

El "Tren Maya" vincula los principales sitios arqueológicos del sudeste, las joyas arquitectónicas de América, las cuales emergen de la selva como poderosos recordatorios del pasado cultural de la región con profundas lecciones de la necesidad de manejo sustentable de los recursos naturales para evitar el colapso ambiental de ciertas regiones como los arqueólogos con su tarea han descubierto desenterrando la historia de este pueblo que ante la llegada de los españoles ya se encontraban en plena decadencia por conflictos interétnicos y un manejo abusivo de los recursos de la zona. El proyecto al conciliar la convivencia entre grupos culturales diversos se coloca a la vanguardia de la búsqueda de formas más trascendentes de ordenar microrregiones ecológicas y humanas subordinando perspectivas productivas y económicas y no, al revés, como se planeaba en el pasado.  La coordinación de planes territoriales en forma simultánea en municipios impactados por la traza del tren abre una ventana de oportunidad para desarrollar acciones coordinadas orientadas a introducir estrategias inteligentes de manejo de riesgo e inclusión socio-territorial a través de los recursos locales y presupuestos regionales y nacionales.  En este caso, el megaproyecto apuesta a aportar una fuente de vinculación entre pueblos dinamizando la región del sudeste con un recurso subsidiado para lograr integrar una región del país historicamente postergada.   

Otro megaproyecto que revela la enrome influencia que ejerce la búsqueda de identidad en los países latinoamericanos es el "Camino del Inca" (Qapac Ñam) el cual consistió en la recuperación de las vías terrestres que conectaron el antiguo imperio incaico, actualmente los países de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Este proyecto regional, más allá de sus valores antropológicos y turísticos tiene una impronta muy importante en la búsqueda de nuevos modelos de planeación del territorio que incluyen la recuperación de prácticas ancestrales de movilización de recursos comunitarios en pro de la construcción de infraestructuras que sirven al interés común. Estos recursos que emergen del pasado precolombino desafían abiertamente la lógica capitalista de desarrollo individual como motor del progreso. Monumentos como el de "Machu Pichu" como centro ceremonial plantea la materialización de infraestructuras utilizadas con usos religiosos y de contemplación ampliamente superadores de parques temáticos dedicados al entretenimiento como prevalecen en el presente. En este caso, el proyecto reivindica los valores colectivistas del pueblo Inca, sus capacidades ingenieriles para llevar adelante una vía ferrea en condiciones topográficas montañosas con éxito. Lo colectivo se integra en este caso a la empresa compartida para superar los desafíos de la geografía para capitalizar valores geopolíticos compartidos por los pueblos andinos en los que la explotación de recursos mineros y petroleros es parte del acervo histórico colonial. 

La búsqueda de minerales preciosos durante la conquista de América con sus enormes consecuencias de muertes, sometimientos, despojos de tierras y desplazamientos ha sido determinante en los procesos de transformación del subcontinente. Pero a pesar de ello, puede reconocerse en el presente algunas virtudes heredadas de la historia sangrienta de la conquista, tal como la solidaridad característica entre pueblos hermanos, que tienen al español como lengua franca y reconocen el valor de las lenguas nativas como factor de identidad cultural común. La diáspora venezolana, distinto a otras emergencias humanitarias a nivel global, tienen el correlato positivo de su recepción en los países de la región gracias a una historia común de los pueblos latinoamericanos y sus raíces étnicas compartidas.  Los murales de Diego Rivera exhibidos en el ayuntamiento de México representan teatralmente tanto el proceso de conquista como el de recuperación de las identidades del pasado recreadas a partir del proceso de mestizaje. Estas poderosas pinturas que ponen en valor en sus relatos los postulados de "Etnia global", la historia de los linajes de la tierra compartiendo un origen común, una primera pareja mítica de hombre y mujer; Adán y Eva en la Biblia, Ometeotl en la tradición Azteca; el Popol Vuh en la cultura Maya. No es casual que los latinoamericanos profesen masivamente la religión y prácticas espirituales de diversa índole. Tampoco es casual que el subcontinente haya sido eco de las búsquedas revolucionarias en todo el planeta, desde la lucha por la independencia de países africanos en los que brigadas cubanas al mando del legendario Ernesto "Che" Guevara asociado a revolucionarios locales como Thomas Sankara y tantos más, con sus errores y aciertos, han procurado llevar justicia y humanismo donde solo había expoliación y abuso.  Nada más típicamente latinoamericano como la lucha por la igualdad y la fraternidad en un continente dominado por la desigualdad. No se trata de luchar solamente por valores materiales, sino que en el fondo se trata de recuperar la identidad comunitaria y solidaria de los pueblos de América sometida durante la conquista.        

Ante la fractura ideológica entre países latinoamericanos que no hace más que reflejar la injerencia de superpoderes externos a la región, la construcción de identidades territoriales asociados al perfil étnico de sus habitantes brinda un recurso esencial para pensar la política territorial. El fenómeno de industrialización y urbanización se ha caracterizado a partir de la macrocefalia, es decir ciudades metropolitanas que han crecido de una manera desordenada y rápidamente han ejercido el control económico y político de los países. El caso de El Alto, la ciudad próxima a La Paz, capital de Bolivia con su imponente paisaje con la cordillera de los Andes como protagonista principal, abre el debate en torno a la necesidad de políticas urbanas que ayuden a cohesionar ciudades y sectores urbanos cuyos perfiles étnicos diferentes lleven a la confrontación entre territorios más que a la cooperación. 

Obras de infraestructuras diseñadas para facilitar la movilidad entre ambas contribuyen a recrear un modelo de ciudad y territorio en el que la movilidad permite facilitar los intercambios y negocios entre universos sociales y étnicos que parecen a simple vista irreconciliables: Los descendientes de los españoles, progresistas y formales en La Paz y los desplazados quechuas y Aimara de todo el país acostumbrados a las prácticas informales de intercambio comercial, reflejado en ferias al aire libre y circulación de productos propios de sus "economías de altura". Aun la arquitectura en El Alto refleja la búsqueda de nuevas identidades visuales reflejadas en morfologías, texturas y colores propios de las culturas originarias las cuales incuban paralelamente nuevas formas de pensar el territorio. 

Pensar la arquitectura, el urbanismo y las migraciones dentro del continente con una lógica de descubrimiento de sus culturas ancestrales con el aporte del mestizaje proporciona una plataforma fundamental para plantear las relaciones internacionales y regular mejor los intercambios comerciales y tecnológicos. Dados los importantes avances en el mundo de la economía digital que muchos países de la región han experimentado en las últimas décadas, incluyendo extensión de su red digital y el lanzamiento de satélites para usos científicos y productivos, así como desarrollo en el campo de la energía, el soporte sociocultural es fundamental para su desarrollo sostenible. 

El intercambio tecnológico en Antártida, la "frontera de la humanidad" extiende la superficie territorial del subcontinente en una era en la que el cambio climático y agotamiento de recursos tradicionales demanda estrategias de planificación local vinculadas a la protección de los recursos naturales del planeta. Afortunadamente el tratado antártico solo permite actividades científicas no violentas por parte de los países que lo administran actualmente, estableciendo bases militares dedicadas a contrarrestar las ambiciones de otros pueblos interesados en explotar sus bienes conocidos recursos mineros y petroleros. Este tratado fue establecido con el espíritu mismo de las revoluciones post-independencia de los países latinoamericanos que, con diferencias pequeñas, buscaron hacer de la región una tierra que invita a todos los hombres y mujeres del mundo a habitar su suelo generoso sin ninguna restricción, ni de raza, ni de credo ni de condición social. Esta generosidad ha continuado a lo largo del tiempo y es uno de los rasgos que caracteriza a la región y le proporciona un bagaje cultural único y de inmenso valor que para mantenerse y gestionarse adecuadamente brinda un marco sociocultural del cual toda política, plan o proyecto territorial necesita partir para ser realmente exitoso.          



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